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domingo, 21 de febrero de 2021
martes, 9 de febrero de 2021
lunes, 21 de diciembre de 2020
EL ARTE DE VIVIR. KRISHNAMURTII
El Arte de vivir.
Hay diversos factores implicados en la desintegración humana y hay diversas maneras en que los hombres se desintegran. Integrar es unir, completar. Si ustedes están integrados, sus pensamientos, sentimientos y acciones son enteramente una unidad que se mueve en un solo sentido, no se contradicen entre sí. Cada uno es, entonces, un ser humano total, sin conflicto. Eso es lo que implica la integración. Desintegrar es lo opuesto de eso, es desmoronar, despedazar, dispersar lo que ha sido unido. Y hay muchas maneras en que los seres humanos se desintegran, se desmoronan, se destruyen a sí mismos. Pienso que uno de los factores principales es el sentimiento de envidia, el cual es tan sutil que se le considera, bajo diferentes nombres, como valioso, útil, un elemento digno de estima en la conducta humana.
¿Saben lo que es la envidia? Empieza cuando todavía son muy pequeños: se sienten envidiosos de un amiguito que tiene mejor apariencia, que posee cosas mejores o una mejor posición social. Sienten celos si otro niño u otra niña les supera en la clase, si tiene padres ricos o si pertenece a una familia más distinguida. Así, la envidia o los celos empiezan a una edad muy temprana y gradualmente adoptan la forma de la competencia. Ustedes quieren hacer algo que les distinga, obtener mejores notas, ser mejores atletas que algún otro compañero, quieren superar a los demás, brillar más que ellos.
A medida que van creciendo, la envidia se vuelve más y más fuerte. El pobre envidia al rico y el rico envidia al más rico. Está la envidia de aquéllos que han tenido experiencias y quieren tener más experiencias, y la envidia del escritor que quiere escribir mejor todavía. El deseo mismo de ser mejor, de convertirse en algo meritorio, de tener más de esto o de aquello, es afán adquisitivo, es el proceso de acumular, de guardar. Si lo observan, verán que casi todos tenemos el instinto de adquirir, de poseer más y más saris, más ropas, más casas, más propiedades. Y si no es eso, entonces queremos más experiencias, más conocimiento; deseamos sentir que sabemos más que algún otro, que hemos leído mucho más que otro. Queremos estar más cerca que otros de algún funcionario importante con alta posición en el gobierno, o sentir que espiritualmente, internamente, estamos más evolucionados que los demás. Queremos ser conscientes de que somos humildes, virtuosos, de que podemos explicar cosas que otros no pueden.
Así, cuanto más adquirimos, mayor es nuestra desintegración. Cuanto más propiedades, más fama, más tarde experiencia, más conocimiento acumulamos, más rápido es nuestro deterioro. Desde el deseo de ser o de adquirir más, brota la enfermedad universal de los celos, de la envidia. ¿No han observado esto en sí mismos y en las personas adultas que les rodean? ¿No han advertido cómo el maestro desea ser profesor y el profesor desea ser el director? ¿O cómo el propio padre o la madre de ustedes desean más propiedades, mayor reputación?
En la lucha por adquirir nos volvemos crueles. En la adquisición no hay amor. El modo adquisitivo de vida es una batalla constante con nuestro prójimo, con la sociedad, batalla en la que hay un permanente temor; pero justificamos todo esto y aceptamos los celos como inevitables. Pensamos que debemos ser adquisitivos, aunque designemos eso con una palabra que suena mejor: lo llamamos evolución, crecimiento, desarrollo, progreso, y decimos que es algo esencial.
Vean, muy pocos estamos conscientes de esto; no nos damos cuenta de que somos codiciosos, adquisitivos, de que nuestros corazones se hallan devorados por la envidia, de que nuestras mentes se están deteriorando. Y cuando por un instante tomamos conciencia de esto, lo justificamos o decimos meramente que está mal o tratamos de escapar de ello de diversas maneras.
La envidia es una cosa muy difícil de revelar o descubrir en uno mismo, porque la mente es el centro de la envidia, la mente misma es envidiosa. La propia estructura de la mente está edificada sobre la adquisición y la envidia. Si observamos nuestros pensamientos, el modo como pensamos, veremos que lo que llamamos pensar es generalmente un proceso de comparación: "Yo puedo explicarme mejor, tengo un conocimiento mayor, más sabiduría". Pensar en términos del "más" es la operación de la mente adquisitiva, es su modo de existencia. Si ustedes no piensan en términos del "más", encontrarán que es extremadamente difícil pensar en absoluto. La persecución del "más" es el movimiento comparativo del pensar, el cual crea el tiempo: tiempo para llegar a ser, para ser "alguien"; ése es el proceso de la envidia, de la adquisición. Pensando comparativamente, la mente dice: "Soy esto, y algún día seré aquello"; "Soy feo, pero seré hermoso en el futuro". De modo que el afán adquisitivo, la envidia, el pensar comparativo produce descontento, inquietud; y nuestra reacción a eso es decir que debemos estar satisfechos con nuestra suerte, que debemos contentamos con lo que tenemos. Eso es lo que dicen las personas que se encuentran en la parte superior de la escalera. Las religiones predican universalmente el contentamiento.
El verdadero contentamiento no es una reacción, no es lo opuesto del espíritu adquisitivo; es algo mucho más vasto y mucho más significativo. El hombre cuyo contentamiento es lo opuesto del espíritu adquisitivo, de la envidia, es como un vegetal, internamente es una entidad muerta, como lo está la mayoría de la gente. Casi todas esas personas que están tranquilas es porque internamente están muertas, y están muertas internamente porque han cultivado lo opuesto -lo opuesto de todo lo que son realmente-. Siendo envidiosas, dicen: "No debo ser envidioso". Podrán negar la perpetua lucha de la envidia poniéndose un taparrabo y diciendo que no van a adquirir cosas; pero este deseo mismo de ser buenos, de no ser adquisitivos, deseo que implica lo opuesto de lo otro, sigue estando dentro del campo del tiempo, sigue formando parte del sentimiento de envidia, porque todavía desean ser alguna cosa. El verdadero contentamiento no es así, es algo muchísimas más creativo y profundo. No hay contentamiento cuando optamos por estar contentos; el contentamiento no llega de ese modo. Llega cuando comprendemos lo que somos realmente y no perseguimos lo que deberíamos ser.
(Continúa...)
Pop
Jiddu Krishnamurti.
Hay diversos factores implicados en la desintegración humana y hay diversas maneras en que los hombres se desintegran. Integrar es unir, completar. Si ustedes están integrados, sus pensamientos, sentimientos y acciones son enteramente una unidad que se mueve en un solo sentido, no se contradicen entre sí. Cada uno es, entonces, un ser humano total, sin conflicto. Eso es lo que implica la integración. Desintegrar es lo opuesto de eso, es desmoronar, despedazar, dispersar lo que ha sido unido. Y hay muchas maneras en que los seres humanos se desintegran, se desmoronan, se destruyen a sí mismos. Pienso que uno de los factores principales es el sentimiento de envidia, el cual es tan sutil que se le considera, bajo diferentes nombres, como valioso, útil, un elemento digno de estima en la conducta humana.
¿Saben lo que es la envidia? Empieza cuando todavía son muy pequeños: se sienten envidiosos de un amiguito que tiene mejor apariencia, que posee cosas mejores o una mejor posición social. Sienten celos si otro niño u otra niña les supera en la clase, si tiene padres ricos o si pertenece a una familia más distinguida. Así, la envidia o los celos empiezan a una edad muy temprana y gradualmente adoptan la forma de la competencia. Ustedes quieren hacer algo que les distinga, obtener mejores notas, ser mejores atletas que algún otro compañero, quieren superar a los demás, brillar más que ellos.
A medida que van creciendo, la envidia se vuelve más y más fuerte. El pobre envidia al rico y el rico envidia al más rico. Está la envidia de aquéllos que han tenido experiencias y quieren tener más experiencias, y la envidia del escritor que quiere escribir mejor todavía. El deseo mismo de ser mejor, de convertirse en algo meritorio, de tener más de esto o de aquello, es afán adquisitivo, es el proceso de acumular, de guardar. Si lo observan, verán que casi todos tenemos el instinto de adquirir, de poseer más y más saris, más ropas, más casas, más propiedades. Y si no es eso, entonces queremos más experiencias, más conocimiento; deseamos sentir que sabemos más que algún otro, que hemos leído mucho más que otro. Queremos estar más cerca que otros de algún funcionario importante con alta posición en el gobierno, o sentir que espiritualmente, internamente, estamos más evolucionados que los demás. Queremos ser conscientes de que somos humildes, virtuosos, de que podemos explicar cosas que otros no pueden.
Así, cuanto más adquirimos, mayor es nuestra desintegración. Cuanto más propiedades, más fama, más experiencia, más conocimiento acumulamos, más rápido es nuestro deterioro. Desde el deseo de ser o de adquirir más, brota la enfermedad universal de los celos, de la envidia. ¿No han observado esto en sí mismos y en las personas adultas que les rodean? ¿No han advertido cómo el maestro desea ser profesor y el profesor desea ser el director? ¿O cómo el propio padre o la madre de ustedes desean más propiedades, mayor reputación?
En la lucha por adquirir nos volvemos crueles. En la adquisición no hay amor. El modo adquisitivo de vida es una batalla constante con nuestro prójimo, con la sociedad, batalla en la que hay un permanente temor; pero justificamos todo esto y aceptamos los celos como inevitables. Pensamos que debemos ser adquisitivos, aunque designemos eso con una palabra que suena mejor: lo llamamos evolución, crecimiento, desarrollo, progreso, y decimos que es algo esencial.
Vean, muy pocos estamos conscientes de esto; no nos damos cuenta de que somos codiciosos, adquisitivos, de que nuestros corazones se hallan devorados por la envidia, de que nuestras mentes se están deteriorando. Y cuando por un instante tomamos conciencia de esto, lo justificamos o decimos meramente que está mal o tratamos de escapar de ello de diversas maneras.
La envidia es una cosa muy difícil de revelar o descubrir en uno mismo, porque la mente es el centro de la envidia, la mente misma es envidiosa. La propia estructura de la mente está edificada sobre la adquisición y la envidia. Si observamos nuestros pensamientos, el modo como pensamos, veremos que lo que llamamos pensar es generalmente un proceso de comparación: "Yo puedo explicarme mejor, tengo un conocimiento mayor, más sabiduría". Pensar en términos del "más" es la operación de la mente adquisitiva, es su modo de existencia. Si ustedes no piensan en términos del "más", encontrarán que es extremadamente difícil pensar en absoluto. La persecución del "más" es el movimiento comparativo del pensar, el cual crea el tiempo: tiempo para llegar a ser, para ser "alguien"; ése es el proceso de la envidia, de la adquisición. Pensando comparativamente, la mente dice: "Soy esto, y algún día seré aquello"; "Soy feo, pero seré hermoso en el futuro". De modo que el afán adquisitivo, la envidia, el pensar comparativo produce descontento, inquietud; y nuestra reacción a eso es decir que debemos estar satisfechos con nuestra suerte, que debemos contentamos con lo que tenemos. Eso es lo que dicen las personas que se encuentran en la parte superior de la escalera. Las religiones predican universalmente el contentamiento.
El verdadero contentamiento no es una reacción, no es lo opuesto del espíritu adquisitivo; es algo mucho más vasto y mucho más significativo. El hombre cuyo contentamiento es lo opuesto del espíritu adquisitivo, de la envidia, es como un vegetal, internamente es una entidad muerta, como lo está la mayoría de la gente. Casi todas esas personas que están tranquilas es porque internamente están muertas, y están muertas internamente porque han cultivado lo opuesto -lo opuesto de todo lo que son realmente-. Siendo envidiosas, dicen: "No debo ser envidioso". Podrán negar la perpetua lucha de la envidia poniéndose un taparrabo y diciendo que no van a adquirir cosas; pero este deseo mismo de ser buenos, de no ser adquisitivos, deseo que implica lo opuesto de lo otro, sigue estando dentro del campo del tiempo, sigue formando parte del sentimiento de envidia, porque todavía desean ser alguna cosa. El verdadero contentamiento no es así, es algo mucho más creativo y profundo. No hay contentamiento cuando optamos por estar contentos; el contentamiento no llega de ese modo. Llega cuando comprendemos lo que somos realmente y no perseguimos lo que deberíamos ser.
(Continúa...)
Jiddu Krishnamurti.





